El 13 de abril de 1882, el diario El Nacional dejó constancia de un hecho que hoy reescribe la historia del turismo y la promoción regional en Querétaro. Mucho antes del auge de las guías de viaje modernas, el quehacer de la municipalidad de Amealco ya se perfilaba con un claro oficio turístico y de exposición, posicionando sus riquezas en el mapa cultural de la época.
Con motivo de la Exposición de Querétaro en ese año, una plataforma diseñada para proyectar lo mejor del estado, Amealco preparó un cargamento muy especial con la intención explícita de «llamar la atención pública». Sus ya famosos riquísimos quesos y plantas medicinales no eran solo mercancía de consumo local; eran auténticas cartas de presentación destinadas a cautivar a los visitantes y viajeros que se congregarían en la capital.
Una vitrina para el viajero del siglo XIX
Este esfuerzo de promoción compartía espacio con una visión integral de hospitalidad y cultura que se gestaba en el estado:
Atractivos locales: Mientras Amealco apostaba por su gastronomía y botánica tradicional; Jalpan enviaba artesanías de la hermosa madera «palo escrito» y Cadereyta aportaba finas obras de mármol, plata y madera.
Infraestructura turística: Para complementar la experiencia de los futuros visitantes a la exposición, se reportaba como casi concluida la impresión de la «Guía del viajero en Querétaro», escrita por el Lic. Celestino Díaz, confirmando que el estado ya pensaba y actuaba en clave turística desde hace más de un siglo.
Nota: Lo que hoy reconocemos como turismo cultural y gastronómico, en 1882 ya era una estrategia viva. Amealco entendió desde el primer momento que sus raíces, sus quesos y su conocimiento de la tierra eran su mejor carta de recomendación para el mundo.