Mucho antes de convertirse en Lele, en símbolo de Amealco y en una de las artesanías mexicanas más reconocibles, la muñeca de trapo tuvo una historia más sencilla: fue un juguete.
Pero reconstruir ese origen no es tan sencillo como señalar una fecha o a una persona. La historia de la muñeca que hoy asociamos con Amealco se encuentra entre la memoria de las comunidades indígenas, el juego infantil, la migración y los cambios económicos que llevaron a muchas mujeres otomíes y mazahuas desde sus comunidades hacia las ciudades.
Y es precisamente ahí donde comienza esta historia.

Una muñeca hecha para jugar
En las comunidades indígenas mexicanas, los juguetes infantiles no dependieron siempre de las tiendas. La tradición de elaborar objetos para el juego aprovechando materiales disponibles en el entorno está ampliamente documentada: tela, barro, madera, fibras vegetales y otros materiales podían convertirse en juguetes.
Un proyecto de memoria comunitaria sobre la muñeca otomí de Santiago Mexquititlán, conservado por el Centro de Información y Documentación Alberto Beltrán, recoge precisamente una tradición transmitida por madres y abuelas: ante la imposibilidad de comprar juguetes, las mujeres elaboraban muñecas para que las niñas jugaran con ellas.
Esto permite entender algo fundamental: antes de ser mercancía, la muñeca tuvo una función dentro de la vida cotidiana y familiar.
Sin embargo, esta tradición no debe confundirse automáticamente con la muñeca de tela que actualmente conocemos como Lele. Las fuentes históricas disponibles no permiten afirmar que la actual muñeca de Amealco sea, sin modificaciones, una pieza prehispánica.
De hecho, una investigación académica sobre la muñeca otomí sitúa la aparición de esta forma específica de muñeca de tela —la de cabeza redonda, trenzas y listones— en un proceso ocurrido durante la década de 1970.
De las comunidades a la ciudad
Durante buena parte del siglo XX, numerosas familias indígenas comenzaron a desplazarse desde sus comunidades hacia la Ciudad de México.
La antropóloga Lourdes Arizpe estudió este fenómeno y documentó la migración de mujeres mazahuas y otomíes hacia la capital. Sus investigaciones mostraron que la migración no respondía a una sola causa: estaban presentes las condiciones económicas del campo, las oportunidades laborales y las estrategias familiares para obtener ingresos.
Para muchas de aquellas mujeres, la ciudad significó también incorporarse al comercio ambulante.
En las calles del Centro Histórico vendían frutas, dulces, semillas, artesanías y otros productos. La investigación de Arizpe identificó entre estas migrantes a mujeres procedentes de distintos pueblos indígenas, entre ellos otomíes de Amealco, particularmente de Santiago Mexquititlán.
Fue en este contexto urbano donde la figura de la mujer indígena comenzó a ser identificada genéricamente como “María”.
El término no identificaba originalmente a una sola comunidad ni a una sola artesanía. Era una etiqueta urbana aplicada a mujeres indígenas que trabajaban en las calles de la capital. El propio trabajo de Arizpe sobre las llamadas “Marías” se convirtió en una referencia fundamental para comprender este fenómeno migratorio.
Con el tiempo, la denominación “muñeca María” quedó asociada también a las muñecas de trapo comercializadas por estas mujeres.

1972: la capacitación que cambió la historia
El siguiente capítulo ocurrió en la Ciudad de México.
En 1972, dentro de un programa de ayuda social del Departamento del Distrito Federal, se creó el Centro de Capacitación Mazahua. Una investigación de la Universidad Autónoma Metropolitana identifica a Guadalupe Rivera Marín, entonces directora de Programación y Estudios Económicos del DDF, como impulsora y fundadora del centro.
El centro se instaló en la zona de La Merced y comenzó atendiendo a unas 300 mujeres con sus hijos; posteriormente llegó a alrededor de 800 personas.
La intención era ofrecer capacitación y alternativas de ingreso a mujeres mazahuas que trabajaban en la vía pública. Se impartían actividades artesanales y otros servicios sociales, entre ellos alimentación, atención médica, guardería y alfabetización.
La documentación conservada por Radio Educación confirma la existencia del Centro Mazahua y recoge testimonios de mujeres que participaron en él. El archivo señala que el proyecto, originalmente concebido como centro de ayuda social, terminó convirtiéndose también en un centro de producción artesanal.
Y ahí aparece la muñeca.
La muñeca como alternativa de ingreso
De acuerdo con la investigación académica sobre la muñeca otomí, durante la década de 1970 los centros de capacitación Mazahua y Otomí enseñaron a las mujeres diversas labores artesanales. La muñeca de tela comenzó a formar parte de esos productos destinados al comercio.
La estrategia institucional tenía una intención clara: que las mujeres pudieran generar ingresos mediante productos artesanales y dejaran de depender del comercio ambulante.
Pero el resultado fue distinto al esperado.

Las mujeres continuaron vendiendo en las calles. Y entre los productos que llevaron consigo apareció la muñeca de tela.
Una fuente particularmente reveladora es el archivo histórico de Radio Educación: al documentar el cierre del Centro de Capacitación Mazahua, registra los testimonios de mujeres que se identificaban como bordadoras de “muñecas Marías”.
La muñeca, por tanto, no permaneció dentro del taller.
Salió a la calle.
De la Ciudad de México de regreso a Amealco
Aquí la historia vuelve a Santiago Mexquititlán.
La investigación sobre la muñeca otomí señala que varias de las mujeres que participaron en los centros de capacitación provenían de esta comunidad de Amealco. Cuando regresaron a su lugar de origen, llevaron consigo los conocimientos adquiridos y comenzaron a transmitirlos a otras mujeres.
Uno de los testimonios recogidos por la investigación relata el caso de una mujer cuya madre migró a Ciudad de México para trabajar y posteriormente regresó a la comunidad con moldes para elaborar muñecas. A partir de entonces comenzaron a confeccionarlas y venderlas en Amealco y en poblaciones cercanas.
Ese regreso constituye uno de los momentos fundamentales de la historia.
Porque la muñeca que volvió a la comunidad no permaneció necesariamente igual a la que había salido.
La comunidad la hizo suya
Testimonios recogidos en Santiago Mexquititlán señalan que las mujeres fueron modificando el modelo recibido y tuvieron que resolver cómo vestirla y peinarla hasta incorporar elementos propios de su comunidad.
Ese proceso resulta fundamental para entender la historia posterior de Lele.
La capacitación pudo proporcionar técnicas, moldes o modelos; pero fueron las artesanas quienes transformaron aquella muñeca hasta convertirla en una representación de su propio entorno cultural.
Por eso, más que hablar de una muñeca “inventada” de un día para otro, la evidencia permite observar un proceso:
juego ? migración ? capacitación ? comercio ? regreso a la comunidad ? adaptación ? transmisión artesanal.
Y en ese recorrido, Amealco adquirió un papel central.

Una historia que todavía estaba lejos de llamarse Lele
En 1981, apenas unos años después de la creación de los centros de capacitación, la Dirección General de Culturas Populares documentó en una exposición sobre el juguete popular mexicano una “muñeca de trapo de origen mazahua”.
Ese registro es importante porque muestra que, en aquel momento, la muñeca todavía podía ser identificada principalmente como juguete popular y artesanía mazahua, no como el símbolo internacional que conocemos actualmente.
Incluso otra documentación fotográfica de la misma exposición registra muñecas de trapo procedentes de San Felipe del Progreso, Estado de México, demostrando que la tradición no pertenecía exclusivamente a Amealco y que distintas comunidades indígenas desarrollaron sus propias variantes.
La historia de la muñeca, entonces, no es la historia de un único lugar.
Es la historia de una tradición que se desplazó, se transformó y adquirió distintas formas en diferentes comunidades.
Y en Santiago Mexquititlán, Amealco, esa transformación daría con el tiempo origen a una identidad propia.
Todavía faltaban varios capítulos para que aquella muñeca de trapo dejara de ser solamente un juguete y una fuente de ingresos para convertirse en Lele.
Continuará.
Fuentes consultadas
- Imelda Aguirre Mendoza y Julio César Borja Cruz, investigación sobre la muñeca otomí y su transformación en Amealco.
- Lourdes Arizpe, estudios sobre migración indígena y las llamadas “Marías” en Ciudad de México.
- Universidad Autónoma Metropolitana, investigación sobre el Centro de Capacitación Mazahua.
- Radio Educación, archivo histórico del programa Centro Mazahua.
- Centro de Información y Documentación Alberto Beltrán, Secretaría de Cultura, archivo fotográfico del juguete popular mexicano.

